Los Reyes Magos conducidos al palacio de Herodes -BEATA ANA CATALINA EMMERICK
MsPandevida 04/01/2012 22:08:16
BEATA ANA CATALINA EMMERICK
Los Reyes Magos conducidos al palacio de Herodes
En esta mañana muy temprano Herodes hizo llevar al palacio, ensecreto,alosReyes.Fueronrecibidosbajounaarcadayconducidosluegoa
una sala, donde he visto ramas verdes con flores en vasos y refrescos para beber. Después de algún tiempo apareció Herodes. Los Magos se inclinaron
ante él y pasaron a interrogarle sobre el Rey de los Judíos recién nacido.
Herodes ocultó su gran turbación y se mostró contento de la noticia. Vi que
estaban con él algunos de los escribas. Herodes preguntó algunos detalles
sobre lo que habían visto, y el Rey Mensor describió la última aparición que
habían tenido antes de partir. Era, dijo, una Virgen y delante de ella un Ni-
ño, de cuyo costado derecho había brotado una rama luminosa; luego, sobre
ésta había aparecido una torre con varias puertas. La torre se transformó en
una gran ciudad, sobre la cual se manifestó el Niño con una corona, una es-
pada y un cetro, como si fuese Rey. Después de esto se vieron ellos mismos,
como también todos los reyes del mundo, postrados delante de ese Niño en
acto de adoración; pues poseía un imperio delante del cual todos los demás
imperios debían someterse; y así en esta forma describió lo que habían visto.
Herodes les habló de una profecía que hablaba de algo parecido sobre Belén
de Efrata; les dijo que fueran secretamente allá y cuando hubiesen encontra-
do al Niño volvieran a decirle el resultado, para que él también pudiera ir a
adorarle. Los Reyes no tocaron los alimentos que se les había preparado y
volvieron a su alojamiento. Era muy temprano, casi al amanecer, pues he
visto todavía las linternas encendidas delante del palacio de Heredes. Here-
des conferenció con ellos en secreto para que no se hiciera público el acon-
tecimiento. Al aclarar del todo prepararon la partida. La gente que los había
acompañado hasta Jerusalén se hallaba ya dispersa por la ciudad desde la
víspera.
El ánimo de Herodes estaba en aquellos días lleno de descontento e irrita-
ción. Al tiempo del nacimiento de Jesucristo se encontraba en su castillo,
cerca de Jericó, y había ordenado hacía poco un cobarde asesinato. Había
colocado en puestos altos del Templo a gente que le referían todo lo que allí
se hablaba, para que denunciasen a los que se oponían a sus designios. Un
hombre justo y honrado, alto empleado en el Templo, era el principal de los
que consideraba él como su adversario. Herodes con fingimiento lo invitó a
que fuera a verlo a Jericó y lo hizo atacar y asesinar en el camino, achacan-
do ese crimen a algunos asaltantes. Algunos días después de esto fue a Jeru-
salén para tomar parte en la fiesta de la Dedicación del Templo, que tenía- lugar el 25 del mes de Casleu y allí se encontró enredado en un asunto muy
desagradable. Queriendo congraciarse con los judíos había mandado hacer
una estatua o figura de cordero o más bien de cabrito, porque tenía cuernos,
para que fuera colocada en la-puerta que llevaba del patio de las mujeres al
de las inmolaciones. Hizo esto de su propia iniciativa, pensando que los ju-
díos se lo agradecerían; pero los sacerdotes se opusieron tenazmente a ello,
aunque los amenazó con hacerles pagar una multa por su resistencia. Ellos
replicaron que pagarían, pero que no toleraban esa imagen contraria a las
prescripciones de la Ley. Herodes se irritó mucho y pretendió colocarla
ocultamente; pero al llevarla un israelita muy celoso tomó la imagen y la arrojó al suelo, quebrándola en dos pedazos. Se promovió un gran tumulto y
Herodes hizo encarcelar al hombre. Todo esto lo había irritado mucho y estaba arrepentido de haber ido a la fiesta; sus cortesanos trataban de distraerlo y divertirlo.
En este estado de ánimo lo encontró la noticia del nacimiento de Cristo. En
Judea hacía tiempo que hombres piadosos vivían, en la esperanza de que pronto había de llegar el Mesías y los sucesos acontecidos en el nacimiento del Niño se habían divulgado por medio de los pastores. Con todo, muchas personas importantes oían estas cosas como fábulas y vanas palabras y el mismo Herodes había oído hablar y enviado secretamente algunos hombres a tomar informes de lo que se decía. Estos emisarios estuvieron, en efecto,
tres días después de haber nacido Jesús y luego de haber conversado con José, declararon, como hombres orgullosos, que todo era cosa sin importancia: que en la gruta no había más que una pobre familia de la cual no valía la pena que nadie se ocupara. El orgullo que los dominaba les había impedido
interrogar seriamente a José desde un principio, tanto más que llevaban orden de proceder en el mayor secreto, sin llamar la atención. Cuando de pronto llegaron los Reyes Magos con su numeroso séquito, Herodes se llenó de nuevas inquietudes, ya que estos hombres venían de lejos y todo esto era más que rumores sin importancia. Como hablaran los Reyes con tanta convicción del Rey recién nacido, fingió Herodes deseos de ir a ofrecerle sus
homenajes, lo cual alegró mucho a los Reyes, creyéndolo bien dispuesto.
La ceguera del orgullo de los escribas no acabó de tranquilizarlo y el interés de conservar en secreto este asunto fue causa de la conducta que observó. No hizo objeciones a lo que decían los Reyes, no hizo perseguir en seguida al Niño para no exponerse a las críticas de un pueblo difícil de gobernar, y resolvió recabar por medio de ellos noticias más exactas para tomar luego las
medidas del caso.
Como los Reyes, advertidos por Dios, no volvieron a dar noticias, hizo explicar que la huida de los Reyes era consecuencia de la ilusión mentirosa
que habían sufrido y que no se habían atrevido a comparecer de nuevo, por-
que estaban avergonzados del engaño en que habían caído y al que habían
querido arrastrar a los demás. Mandaba a decir: "¿Qué razones podían tener
para salir clandestinamente después de haber sido recibidos aquí en forma
tan amistosa?..." De este modo Herodes trató de adormecer este asunto dis-
poniendo que en Belén nadie se pusiese en relación con esa Familia, de la
que se había hablado tanto, ni recoger los rumores e invenciones que se pro-
palaban para extraviar los espíritus. Habiendo vuelto quince días más tarde
la Sagrada Familia a Nazaret, se dejó pronto de hablar de cosas de las cuales
la multitud no había tenido más que conocimientos vagos, y las gentes pia-
dosas, por otro lado, llenas de esperanza, guardaban un discreto silencio.
Cuando pareció que todo quedaba olvidado pensó entonces Herodes en des-
hacerse del Niño y supo que la Familia había dejado a Nazaret, llevándose
al Niño. Lo hizo buscar durante bastante tiempo; pero habiendo perdido toda esperanza de encontrarlo, creció mayormente su inquietud y determinó
ejecutar la medida extrema de la matanza de los niños. Tomó en esta ocasión todas sus medidas y envió tropas de antemano a los lugares donde podía temerse una sublevación. Creo que la matanza se hizo en siete lugares diferentes.
LXII
Viaje de los Reyes de Jerusalén a Belén
eo la caravana de los Reyes junto a una puerta situada al Mediodía.
V Un grupo de hombres los acompañaba hasta un arroyo delante de la
ciudad, y luego volvieron. No bien habían pasado el arroyo se detuvieron
buscando con los ojos la estrella en el firmamento. Habiéndola visto prorrumpieron en exclamaciones de alegría y continuaron su marcha cantando
sus melodías. La estrella no los llevaba en línea recta sino que se desviaba
algo hacia el Oeste. Pasaron frente a una pequeña ciudad, que conozco muy
bien; se detuvieron detrás de ella, y oraron mirando hacia el Mediodía, en un
paraje ameno cerca de un caserío. En este lugar, delante de ellos, surgió un
manantial de agua, que los llenó de contento. Bajando de sus cabalgaduras
cavaron para esta fuente un pilón, rodeándolo de piedras, arena y césped.
Durante varias horas se detuvieron allí dando de beber y alimentando a sus
bestias. También tomaron su alimento, ya que en Jerusalén no habían podi-
do descansar ni comer debido a las preocupaciones de la llegada. He visto
más tarde que Jesucristo se detuvo varias veces junto a esta fuente en com-
pañía de sus discípulos. La estrella, que brillaba en la noche como un globo
de fuego, se parecía ahora más bien a la luna cuando se la ve de día; no era
perfectamente redonda, sino que parecía recortada y a menudo estaba oculta
entre las nubes. En el camino de Belén a Jerusalén había mucho movimiento
de caminantes con equipajes y animales de carga. Eran personas que volvían
quizás de Belén después de pagar los impuestos, o que iban a Jerusalén al
mercado o para visitar el Templo. Esto sucedía en el camino principal; pero el sendero de los Reyes estaba solitario, y Dios los guiaba por allí sin duda
para que pudieran llegar de noche a Belén y no llamar demasiado la atención. Se pusieron en camino cuando el sol estaba muy bajo; marchaban en el
orden con que habían venido. Mensor, el más joven, iba delante; luego Sair,
el cetrino, y por último, Teokeno, el blanco, por ser de más edad.
Hoy, a la hora del crepúsculo, he visto a la caravana de los Reyes llegando a
Belén, cerca de aquel edificio donde José y María se habían hecho inscribir
y que había sido la casa solariega de la familia de David. Quedan sólo algunos restos de los muros del edificio que había pertenecido a los padres de
José. Era una casa grande rodeada de otras menores, con un patio cerrado,
delante del cual había una plaza con árboles y una fuente. Vi soldados romanos en esta plaza, porque la casa se había convertido en una oficina de
impuestos. Al llegar la caravana cierto número de curiosos se agolpó en torno de los viajeros. La estrella había desaparecido de nuevo y esto inquietaba
a los Reyes. Se acercaron algunos hombres dirigiéndoles preguntas. Ellos
bajaron de sus cabalgaduras y desde la casa he visto que acudían empleado a su encuentro, llevando palmas en las manos y ofreciéndoles refrescos: era
la costumbre de recibir a los extranjeros distinguidos. Yo pensaba para mí:
"Son mucho más amables de lo que lo fueron con el pobre José; sólo porque
éstos distribuían monedas de oro". Les dijeron que el valle de los pastores era apropiado para levantar las carpas, y ellos quedaron algún tiempo indecisos. No les he oído preguntar nada del Rey y Niño recién nacido. Aún sabiendo que Belén era el lugar designado por las profecías, ellos, recordando
lo que Herodes les había encargado, temían llamar la atención con sus preguntas. Poco después vieron brillar en el cielo un meteoro, sobre Belén: era
semejante a la luna cuando aparece. Montaron en sus cabalgaduras, y costeando un foso y unos muros en ruina dieron la vuelta a Belén por el Medio-
día y se dirigieron al Oriente, en dirección a la gruta del Pesebre, que abordaron por el costado de la llanura, donde los ángeles se habían aparecido a
los pastores.
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