
Sobre la lucha entre la Virgen y la Serpiente antigua, capitana de la Cultura de la Muerte, he recibido este interesante e-mail de argentina:
"Cuando no deseen Nada, Recibiran Todo" Jesùs
Buen dia Amigos, Reciban la Bendicion de los Corazones Unidos de Jesus y Maria,
11/10/2008
El Gran Oráculo
En el capítulo precedente hemos comprobado que en el versículo 15 del capítulo 3 del Génesis debemos ver realmente el anuncio divino de la Santísima Virgen. Vamos a estudiar ahora de más cerca este gran oráculo. Invitamos a nuestros lectores, no sólo a una lectura, sino a una meditación. Y es que es maravillosamente rica y profunda esta primera palabra que Dios pronunció sobre su Hijo, sobre sus hijos adoptivos y sobre María, la Madre de esta doble descendencia, que en resumen no es más que una sola. Se diría que, bajo el imperio de su inmenso amor, Dios ha querido decirlo todo a la vez sobre su Amada, su Hija, su Madre, su Esposa.
Queda claro que, para descubrir toda la riqueza de este texto de importancia incalculable, es de buena hermenéutica que podamos servirnos de todo lo que Dios ha revelado en los siglos posteriores.
Al tratar largamente de este oráculo, caminamos tras las huellas de nuestro Padre de Montfort, que en el «Tratado de la Verdadera Devoción» y en su «Oración Abrasada» da una amplia explicación y paráfrasis de este precioso texto. Lo reproducimos aquí:
Pondré enemistades
entre ti y la Mujer,
y entre tu descendencia y la suya;
Ella te aplastará la cabeza,
mientras acechas tú su calcañar.
«Enemistades…». Se anuncia aquí una mujer, Madre de una descendencia bendita: a este doble título Ella tendrá un corazón lleno de amor. Pero lleno también de aversión y enemistad, porque, como ya hemos dicho, el odio, en definitiva, no es más que el reverso del amor. Y es notable que tanto la primera palabra sagrada que la Escritura dice de María, como las últimas que sobre Ella nos dice el Apocalipsis, son palabras de enemistad, de lucha y de combate.
«Enemistades…». Resaltada de este modo, esta palabra sólo puede significar, como se ha observado frecuentemente, que entre María y Satán no habrá más que eso: odio y aversión; y que Ella será, por lo tanto, como un odio viviente y personificado del demonio y de todo lo que viene de él y colabora con él.
«Enemistades…». Nada más que eso. Por lo tanto, esta Mujer estará siempre y en todas partes en lucha con Satán, su adversario eterno. Y este odio no se apagará ni debilitará jamás; en esta lucha no habrá jamás ni debilidad, ni compromiso, ni armisticio, ni capitulación alguna, menos aún alianza o paz… Dondequiera la encontremos en este mundo, en su eterno goce de la bienaventuranza celestial, en la continuación de su existencia entre nosotros por su influencia y su acción, en todas partes la hallaremos bajo el mismo signo de la contradicción, del combate, de la lucha sin tregua y sin piedad contra el Enemigo de todo bien.
Por lo tanto, oh María, de todas las puras creaturas, Tú eres la única inmaculada, pura, sin mancha, desde el primer instante de tu Concepción… Por lo tanto, por una protección de Dios totalmente especial, Tú has sido impecable ya desde este mundo… Por lo tanto, Tú «eres toda hermosa», oh María, libre de toda falta grave o leve, y de la más leve imperfección.
«Ponam… Pondré enemistades», dice el Señor. Es una enemistad totalmente divina, dice Montfort, y la única de que Dios es Autor. Esto nos hace sospechar qué profunda y radical es esta aversión, cavada por Dios mismo en el Corazón de su Madre. Dios es el Autor y el Principio de este odio. El es el fin último, el supremo motivo y el adorable signo de contradicción de esta lucha implacable. Es una enemistad totalmente divina, por parte de la Mujer, se entiende. Entre Ella y el demonio lo que está en juego son las almas, sin duda, pero mucho más —y en el fondo únicamente— Dios solo, inmensamente amado por una parte, y odiado y ferozmente maldito por la otra.
«
«Entre ti y la Mujer…». Este odio se establece, y esta lucha se realizará, en un sentido que debemos comprender bien, ante todo entre María y el demonio.
Estas enemistades, como pronto veremos, van a comunicarse a la descendencia de María, que es el mismo Jesús, y a sus hermanos, que son los miembros de su Cuerpo místico.
Por lo que a estos últimos se refiere, constatemos que la aversión y el ardor de todas las almas santas juntas en el combate contra Satán y el pecado, no puede compararse con la santa ira e indignación profunda de María contra Satán y su calaña. Y por su parte Satán aborrece más a Aquella a quien mira como su Adversaria personal, que a todas las almas predestinadas de todos los siglos.
«Entre ti y la Mujer…». El odio y aversión de Cristo contra Satán y el pecado son, de suyo, infinitamente más profundos que los de su Madre.
Y sin embargo, en cierto sentido, Lucifer detesta más a la Mujer que al mismo Cristo.
Satán, en la primera fase de la lucha, se volvió no hacia el hombre, sino hacia la mujer, y por ella logró vencer al hombre y a toda su raza. En el segundo «round» de este gigantesco combate la Mujer se verá enfrentada de nuevo con Satán. El verdadero vencedor, en el fondo, será el Hombre por excelencia, el nuevo Adán, Cristo. Pero, según el principio de la «recapitulación», de la revancha sublime, adaptada en todos sus detalles a la primera partida perdida, Cristo se ocultará muy a menudo detrás de su Madre. Esta, sobre todo después de la muerte de Jesús, tendrá una parte muy aparente en la lucha que constituye el fondo de la historia humana. Siempre y en todas partes la Serpiente encontrará a la Mujer en su camino para detectar sus astucias, desbaratar sus emboscadas y aplastarle la cabeza. Ella, y siempre Ella, estará allí para oponerse a sus empresas y hacerlas fracasar. Su aparición lo hace estremecerse de cólera y de temor. Además, le da rabia la vista de Aquella que ocupó su lugar en lo más alto de los cielos, de Aquella que por su humildad conquistó lo que él había perdido por orgullo. Finalmente, ¡qué punzante humillación es para el orgulloso príncipe del infierno ser vencido por una mujer, por una humilde virgen, que se proclama «esclava del Señor», cuando Lucifer quiso llegar a ser semejante al Altísimo y escalar su trono!
«Entre ti y la Mujer…». Estas palabras quieren señalar también que María será del lado del bien, de la humildad y de la virtud, lo que Satán es del lado del mal, del orgullo y del pecado. Ambos se encuentran respectivamente a la cabeza de los ejércitos del bien y del mal. Ambos son, cada uno a su modo, causa y principio del odio que se comunica a su descendencia. Como Satán es jefe y padre, dice Cristo, de todo lo que es mentira, malicia y pecado, de los demonios, condenados y réprobos; así también María está a la cabeza de todo lo que es bueno, justo y santo, de todo lo que pertenece al partido de Dios. No es que Ella suplante a su Hijo; sino que así como un ejército cuenta con un generalísimo y con un jefe de estado mayor, así también la Santísima Virgen colabora con su Hijo, en subordinación a su mando supremo, en la obtención de la victoria final por Dios y por las almas.
Y si María debe cumplir una misión tan importante —y la enseñanza de la Iglesia, como más tarde veremos, no deja ninguna duda al respecto—, hay que concluir que Dios le ha infundido todas las cualidades necesarias para dirigir este combate y conducirlo a la victoria: un odio que no se puede desarraigar contra el enemigo de Dios, una perspicacia maravillosa para descubrir y desbaratar las astucias y trampas de Satán y elaborar un plan infalible de batalla, y un poder y una fortaleza invencibles para aplastar y aniquilar el inmenso ejército de Dios con su caudillo infernal.
«
«Entre tu descendencia y la suya…». El odio recíproco de la Serpiente y de la Mujer pasa a su descendencia, a su raza.
María está al origen y es el principio de estas enemistades para toda su descendencia, aunque de manera diferente.
Por lo que mira a su Hijo primogénito, aunque su odio supera infinitamente al de Ella, Ella da a Jesús la naturaleza humana por la que será el nuevo Adán, el Glorificador de su Padre, el Salvador de las almas y el triunfador contra Satán. De este modo, Ella es la fuente de las enemistades que Cristo ejercerá en cuanto hombre contra el Príncipe de las tinieblas, de la lucha que llevará contra él y de los triunfos que contra él conseguirá, del mismo modo que está en cierto sentido, por ejemplo, al origen del Sacerdocio de Cristo, puesto que hacerse hombre y revestirse de la plenitud del sacerdocio es para El una sola y misma cosa, y puesto que debe su humanidad a su Madre amadísima. Igualmente, ser hombre quiere decir para El plenitud de santidad, y, por consiguiente, también aversión radical a Satán y al pecado.
Por lo que se refiere a nosotros, a quienes la Escritura llama de manera tan impresionante «el resto de su descendencia, reliqui de semine eius», la Virgen Santísima nos comunica directamente el horror del mal y la aversión por Satán. Y es que el odio del pecado no es más que el aspecto negativo de la virtud y de la perfección; y por lo tanto es un efecto de la gracia, y la gracia —toda gracia— nos viene, después de Dios y de Cristo, de María y por María.
«Entre tu descendencia y la suya…». Nuestro Padre de Montfort observa justamente: «Dios ha puesto enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo; ellos no se aman mutuamente, no tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satán, los amigos del mundo (pues es la misma cosa), han perseguido siempre hasta aquí y perseguirán más que nunca a aquellos y a aquellas que pertenecen a la Santísima Virgen». Volveremos sobre estas persecuciones. Pero no hay tal vez nadie que haya intentado practicar seriamente la perfecta Devoción a María, que no haya recibido en este campo como avisos secretos y sentido una aversión instintiva hacia ciertas personas, sobre las que …